CUANDO EL RITMO DE LA VIDA NOS PASA POR ENCIMA

Muchos de mis pacientes llegan a terapia con síntomas de ansiedad, cansancio infinito, falta de motivación, sensación de tensión constante, dificultad para dormir, irritabilidad, presión en el pecho… Dicen cosas como: “no puedo parar de pensar”, “me despierto ya cansado”, “antes podía con todo y ahora siento que cualquier cosa me desborda”. 

A menudo han funcionado durante años con la maquinaria a tope, a un nivel de exigencia muy alto. Han sostenido trabajos intensos, responsabilidades familiares, presión por rendir, agendas llenas y una mente que nunca se apaga. Y durante todos esos años, el cuerpo ha ido acumulando estrés de manera silenciosa, hasta quebrarse. 

El estrés, en sí mismo, no es un problema. Nuestro organismo está diseñado para activarse en situaciones de alerta o cuando tenemos que afrontar un desafío. El problema es cuando esa activación no encuentra espacio para descargarse y el sistema nervioso queda atrapado en un estado de alerta crónica.

Y esto es precisamente lo que ocurre en nuestras sociedades contemporáneas. Hace no tanto, la vida era más lenta, vivíamos más en contacto con la naturaleza, nos movíamos más, no soportábamos tanto ruido, estábamos más adaptados a los ritmos de la naturaleza (día, noche. Invierno, verano…). Desde luego, la vida podía ser tan compleja y desafiante como ahora o incluso más, en determinadas circunstancias, pero disponíamos de mecanismos de autoregulación que hoy en día hemos perdido. 

Hoy en día pasamos muchas horas sentados, frente a una pantalla, saltando de una reunión a otra, respondiendo mensajes, correos, llamadas, decisiones urgentes. El cerebro recibe una cantidad enorme de estímulos y apenas encontramos momentos para descargar la tensión, regularnos, recuperar energía. Y cuando disponemos de algo de tiempo libre… lo consumimos mirando pantallas, perdidos en el scroll infinito de las redes sociales. No es de extrañar que cada vez más personas desarrollen ansiedad, agotamiento emocional, burnout o crisis de estrés. 

Los pacientes suelen sorprenderse cuando llegan estos momentos de quiebre, a pesar de que el cuerpo nos manda señales durante años que la mayoría de las veces no escuchamos. Recuerdo el caso de un paciente al que llamaré Alejandro que acudió a consulta poco después de cumplir los cuarenta. Había construido una carrera profesional brillante. Tenía un puesto de responsabilidad, un equipo a su cargo y una agenda abarrotada. Durante años había funcionado con enorme eficacia. Pero coincidió que, al tuvo una promoción profesional al mismo tiempo que nacía su primer hijo. Dormía poco, trabajaba muchas horas y sentía que debía estar disponible permanentemente, tanto para su empresa como para su familia. Empezó a notar que tenía dificultades para concentrarse, que se despertaba con el corazón acelerado y que sentía una presión constante en el pecho. Cuando llegó a terapia, mostraba desconcierto y sorpresa, pensaba que era una persona fuerte, le dolía verse tan vulnerable, tener un problema de salud mental. Con las primeras sesiones, pudo tomar conciencia de que en realidad llevaba años sometido a un estrés excesivo, que había estado desoyendo las señales que le mandaba su cuerpo y que lo había llevado hasta el límite. 

El estrés no es solo un fenómeno mental. Vive sobre todo en el cuerpo. Se expresa en la respiración, en la tensión muscular, en el ritmo cardíaco, en la dificultad para relajarse o en una sensación constante de alerta. Cuando el sistema nervioso permanece demasiado tiempo en estado de activación pierde, en parte, su capacidad natural de autorregularse. No es una cuestión de voluntad ni de debilidad personal. Es un organismo que ha sostenido demasiado durante demasiado tiempo.

Por eso un proceso terapéutico orientado a reducir el estrés no consiste únicamente en hablar de los problemas. El trabajo implica también ayudar al sistema nervioso a recuperar su equilibrio. En consulta exploramos lo que está ocurriendo en la vida de la persona, las presiones que está sosteniendo y los patrones internos que muchas veces se han aprendido muy pronto en la historia personal: la exigencia, la necesidad de rendir, la dificultad para parar o para pedir ayuda. Al mismo tiempo empezamos a reconectar con el cuerpo, con la respiración y con las señales internas que durante años han quedado relegadas a un segundo plano.

Poco a poco el sistema nervioso puede empezar a encontrar espacios de regulación. Cuando esto sucede, las personas suelen notar cambios muy concretos. La mente se vuelve más clara, el cuerpo recupera energía, el sueño mejora y la sensación constante de tensión empieza a disminuir. 

No se trata de eliminar el estrés de la vida, algo que sería imposible. Se trata de aprender a vivir sin que el estrés domine el sistema nervioso ni dirija cada momento del día.

Si al leer estas líneas reconoces algo de tu propia experiencia, quizá sea un buen momento para detenerte y prestar atención a lo que tu cuerpo lleva tiempo intentando decirte. La terapia puede ser un espacio donde bajar el ritmo, comprender lo que está pasando y empezar a recuperar equilibrio y calidad de vida. Si sientes que el estrés o el burnout están empezando a pasar factura, puedes ponerte en contacto conmigo y veremos juntos cómo iniciar un proceso que te ayude a recuperar calma, claridad y bienestar.

Por Miriam Ortiz de Zárate

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MIRIAM ORTIZ DE ZÁRATE
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