La pareja florece cuando nadie intenta salvar al otro.
Bert Hellinger
La pareja puede ser un espacio privilegiado para crecer y sanar. Requiere consciencia, presencia, respeto y cultivar una relación basada en la igualdad. El amor sano se crea entre iguales.
Cuando la relación no es igualitaria, a menudo aparece un adinámica en la que uno los integrantes asume el rol de salvador: cuida, sostiene, aconseja, decide o carga con responsabilidades que no le corresponden. En estos casos, vemos cómo la relación se desequilibra y se debilita y las heridas más antiguas de ambos integrantes no solo no sanan, sino que se perpetuan.

El amor adulto, en cambio, es un espacio de encuentro entre dos personas completas. Dos adultos que se reconocen como legítimos, con capacidad para hacerse cargo de sus propias (porque en mayor o menor medida, todos estamos heridos) y con capacidad también para sanarlas.
La insistencia en salvar al otro no suele ser un gesto altruista consciente, sino una estrategia adaptativa aprendida en la infancia. Muchas personas crecieron en contextos donde hubo un padre poco disponible, una madre desbordada o una situación familiar que exigía atención y cuidado. En situaciones de este tipo, el niño aprende que su lugar en el sistema familiar pasa por ponerse al servicio, cuidar y soportar cargas ajenas.
Esas estrategias infantiles que desarrollamos para obtener valoración, amor o pertenencia, se convierten en patrones de comportamiento que terminamos arrastrando en la vida y que reproducimos ciegamente, ya como adultos, en el trabajo, en la familia, con los amigos… y muy especialmente, en la pareja.
En terapia observamos que cuando una persona asume de forma sistemática la carga del otro, lejos de ayudarle, lo infantiliza: le resta fuerza, autonomía y responsabilidad y lo excluye de su verdadero lugar como adulto en la relación. Como dice Bert Hellinger en “Los Órdenes del Amor”, “cada individuo debe cargar con la responsabilidad de su propio destino”.
Esto no significa no cuidar, no acompañar o no apoyar a la pareja. Significa no ocupar el lugar que al otro le corresponde, no invadir su proceso ni asumir responsabilidades que son propias de su camino personal.
Del mismo modo que existe la estrategia del salvador (te cuido, te protejo, te salvo, te dirijo, te guío, te aconsejo…), también podemos encontrar la estrategia complementaria, la de “la víctima”, que busca ser salvado: Alguien que en su historia temprana anhelaba cuidados, atención, pertenencia y que en la edad adulta busca inconscientemente a alguien que cubra esas necesidades no cubiertas.
Así, salvador y víctima se reconocen y se emparejan, quedando atrapados en un juego relacional en el que ambos repiten, de forma ciega y persistente (hasta el desgaste o la ruptura), las estrategias que desarrollaron para sobrevivir a sus respectivos traumas.
Esta dinámica no es solo psicológica, también es fisiológica. La Teoría Polivagal de Stephen Porges explica cómo nuestro cerebro escanea el entorno de manera constante, con el fin de detectar cualquier peligro. Cuando el entorno se percibe como seguro, las defensas bajan, el cuerpo se relaja y se facilita la conexión social, la creatividad y la apertura. Cuando se percibe como inseguro, se activan los sistemas de defensa y el organismo entra en estado de alerta.
En un sistema nervioso sano, la transición entre estos estados es flexible: podemos entrar y salir de la activación con relativa fluidez.
Sin embargo, cuando durante la infancia se viven experiencias difíciles como falta de apego, padres poco disponibles emocionalmente, entornos de mucha exigencia y por supuesto situaciones más graves de abusos, abandono, castigos físicos, etc. el sistema nervioso infantil —en pleno desarrollo— puede quedar fijado en estados crónicos de defensa, perdiendo esa capacidad de autorregulación.
Desde esta perspectiva, la persona que ocupa el rol de víctima puede experimentar una gran sensación de alivio y seguridad en una relación donde es cuidada. Su sistema nervioso se relaja y puede abandonarse, como un niño frágil y sin recursos, a ser sostenido y dejarse cuidar. Por su parte, el salvador activa de manera inconsciente sus patrones de cuidado, que son precisamente los que le permiten sentir pertenencia y amor. De esta manera, la pareja establece una relación insana, tanto a nivel psicológico como biológico.
Una relación sana y equilibrada implica, por tanto, la creación conjunta de un espacio de seguridad tanto biológico como psicológico. La terapia puede acompañar este proceso a través de diferentes marcos teóricos y herramientas.
TEORÍA DEL APEGO
Desarrollada por John Bowlby, la teoría del apego sostiene que los vínculos emocionales tempranos generan modelos internos que influyen en las relaciones adultas. Un apego seguro, basado en la respuesta sensible del adulto a las necesidades de seguridad y protección del niño favorece la exploración, la autonomía, la confianza y el aprendizaje. En cambio, los patrones de apego inseguro suelen generar dificultades relacionales en la edad adulta.
Comprender el tipo de apego recibido en la infancia permite entender las estrategias de afrontamiento que desarrollamos y repetimos en la pareja. Es una parte importante del proceso de autoconocimiento y de sanación.
TEORÍA POLIVAGAL
La Teoría Polivagal, como ya hemos visto, describe el comportamiento del Sistema Nervioso Autónomo (SNA) y tiene tres niveles:
1. el estado de calma, cuando el SNA evalúa el entorno como seguro. Es la respuesta del sistema nervioso parasimpático vagal ventral. Es el nivel más reciente en la escala evolutiva y también el más saludable, lo usamos para la conexión social, la calma y la creatividad…
2. El estado de alerta, cuando el SNA evalúa el entorno como inseguro. Es la respuesta del sistema nervioso simpático. La persona entra en alerta y se prepara para la lucha o la huida. Es un sistema mucho más antiguo en la escala evolutiva.
3. El estado de inmovilización o parálisis, es otra respuesta del SNA cuando el entorno es inseguro. Es la respuesta del sistema nervioso parasimpático vagal dorsal. En los humanos esta respuesta aparece cuando percibimos el peligro de manera abrumadora y en momentos de trauma.
Estos tres sistemas son importantes y necesarios. Poder pasar de un estado a otro en función del contexto es imprescindible y puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. El problema es que las experiencias vitales difíciles y dolorosas provocan que el sistema se desregule y que experimentemos como entornos amenazantes situaciones que en realidad no lo son.
En terapia, aplicar la teoría polivagal permite que la persona comprenda cómo sus experiencias tempranas pueden haber condicionado su regulación emocional. A partir de ahí, aprende a reconocer sus estados internos y a utilizar recursos como la respiración, el movimiento, la conexión social, etc. para volver a un estado de seguridad.
En la pareja, se trabaja tanto la autoregulación (la capacidad individual de cada miembro para regular su sistema nervioso) como la corregulación, entendida como el apoyo mutuo, sin que uno quede atrapado en el rol permanente de regulador del otro.
INTERNAL FAMILY SISTEMS
El modelo de Internal Family Systems, desarrollado por Richar Schwartz, nos propone acoger con curiosidad y compasión las diferentes partes del yo: las partes heridas, las partes protectoras y la parte sana o SELF. Cada persona se hace cargo de su propio trabajo de acompañamiento interno.
En la pareja esto implica compartir vulnerabilidades, heridas y activadores emocionales desde la conciencia, sin colocar en el otro la responsabilidad de reparar lo que duele. Se puede nombrar, acompañar y comprender, pero cada uno debe hacerse cargo de su proceso. Esto es amor entre iguales.
Imaginemos por ejemplo una pareja en la que ella tiene una buena relación con su ex, hablan frecuentemente para organizar temas de los hijos, etc. Supongamos que esta situación activa en la pareja una herida de abandono, de no ser suficiente, generando pensamientos como “No es justo, si me quisiera cortaría esa relación, me tiene de segundo plato”.
Supongamos que con toda esta tormenta interna, explotara en una conversación de queja, de reproche, exigiendo a su pareja que cambie su comportamiento… Esta sería una respuesta desde la no conciencia de sus heridas, poniendo en el otro la responsabilidad de sus emociones y sus pensamientos.
Otra posibilidad es reconocer que se ha activado un gatillo interno que habla más de su historia que del comportamiento real de ella y expresarlo desde la conciencia y la responsabilidad emocional.
SENSACIÓN SENTIDA
Las emociones del presente son en la gran mayoría de los casos, reflejo de emociones antiguas que quedaron registradas en el cuerpo como memorias implícitas. Esto se hace evidente cuando reaccionamos de forma desproporcionada con enfado, frustración, rechazo o impotencia ante determinado tipo de situaciones.
La sensación sentida es un concepto desarrollado por Eugene Gendlin que se define como una experiencia corporal interna, no verbal, que contiene información significativa sobre una vivencia emocional.
A través de técnicas como el focusing, la línea de la vida o la silla vacía, la terapia permite acceder a estas memorias corporales, liberar emociones atrapadas y reconocer las distintas partes implicadas.
En defiitiva, el amor sano no es una invasión para reparar al otro, sino un estado de conciencia que posibilita la convivencia con alguien, aceptando que la pareja es un ser completo, con sus luces y sus sombras. Es honrar su proceso, su independencia y su autonomía.
Desde la psicología sistémica decimos que la relación de pareja florece cuando se convierte en un tercer sistema: el yo, el tú y el nosotros. Un nosotros que emerge cuando ninguno de los dos intenta salvar al otro, porque ambos se reconocen como adultos capaces de caminar por sí mismos.
Por Miriam Ortiz de Zárate